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La Coctelera

begoripalda

14 Mayo 2010

SEGUNDA SEMANA DE MAYO

BLUES, BLUES, BLUES.

  Vuelve Eric Sardinas y no nos fijemos mucho en el nombre de este caballero del blues porque no va de coña, es un bluesman estadounidense de Florida que se abraza a la guitarra  de seis cuerdas desde los 7 años, bebió de las aguas de Muddy Waters ,es zurdo como Mark Knopfler  y un maestro  de la técnica del slide.   Innovador, enérgico y espectacular  en el directo y  también respetuoso con la tradición del blues clásico, tal como reza un enorme  tatuaje en su espalda: "Respect Tradition" 

Vimos  a Eric Sardinas en el 2004, abajo, en la explanada multiusos del puerto viejo. Muy bueno. Ya le habíamos seguido la pista con anterioridad por su blues   sin concesiones, y, por qué no decirlo, porque su nombre nos había llamado la atención. Lo vimos, gratuitamente y en un entorno inmejorable. En el 2004, el blues se había trasladado de Romo a esta zona del Puerto y ponían una carpa enorme y cuando querías escuchar de cerca no tenías más que acercarte al escenario y situarte aquí o allá para sacar unas fotos incluso,  y cuando te saturabas un poco, porque el blues de Eric es densito, pues tenías dos opciones, te alejabas de la carpa  y lo oías de lejos, con ese sonido de piel de tambor que retumba  en la superficie del agua en todo El Abra, y escuchabas apoyado en el muro, mirando al mar, eso en una noche de verano y con cielo descubierto... un placer. La otra opción era dirigirse a uno de los bares del Puerto ,  pelearse en la barra unas cervecitas y sacarlas al murete de piedra,  escuchar  el blues un poco de fondo y con un ambiente estupendo, propicio a los encuentros casuales con amigos y conocidos.

 No sé cómo va a ser este año la cosa. De pago. Así que lo que era gratis y festivo,  adquirirá sombras de negocio. ¿La situación? Pues va  a ser diferente, of course. En recinto cerrado la música se encorseta más, pierde el brillo de la natural espontaneidad de la calle, se hace excluyente, se hace vip.  No habrá encuentros, no habrá orilla del mar, sino que una triste cerveza en la grada, bien sujeta entre los pies para que no te la tiren, sustituirá a la caña al aire libre del murete del puerto. Quedará mucha gente fuera porque ni siquiera es de esperar que establezcan  precios populares. Frente a la gente en masa tranquila y con ambiente festivo-popular, se prefiere el pago, la inmovilidad de sillas y gradas y todo el mundo controlado con su  entradita  pagada... en fin, que lo mismo que pasó con el Festival Folk que derivó en concierto de pago, pues ahora ocurre con el Blues. Yo no creo que vaya a ver y a escuchar a Eric Sardinas, porque tengo el recuerdo de una noche distendida y estupenda en el 2004, pero a quien no lo conozca y le guste el Blues enérgico le recomiendo que vaya, triste  que sea pagando entrada, pero este  bluesman es muy bueno y lo demás  es el signo de los tiempos y esa parece que va a ser la tendencia  general. En unos años, nos acordaremos de la carpa de la Plaza de Biotz Alai, cuando estrenemos el flamante Getxo Antzokia . Probablemente  nos ofrecerá un recinto formidable para Folk, Jazz y Blues, pero no sé qué me da que a algunos nos entrará nostalgia de la cervecita sobre el murete a la orilla del mar con El Abra a la vista y un cielo índigo, con el Blues allí llenando el espacio y bailando con la brisa.

 

 LAS CAMPANAS DE SAN NIKOLÁS

 Comienzan de mañanita a dar las horas, las medias, los cuartos, puntuales siempre, haciéndote  compañía. Según el día, su sonido es diferente. A  veces, si hay niebla o bruma suenan más altas, más lejanas.  Las campanas, tienen  encanto,  llenan el espacio  y  el tiempo con su sonido amable. Te dicen la hora, sí pero con la voz tierna de la madre ..."anda, hija, que ya son las 11". Y tú te aplicas el tiempo a tus biorritmos y te ajustas los plazos con cierta naturalidad. 

Vivimos  con la angustia del conejo blanco, queriendo sacar al tiempo lo que el tiempo no ha de darte, queriendo comprimir, zip, las tareas y los quehaceres y hacer en media hora lo que requiere hora entera. El conejo blanco... corriendo enloquecido, con su reloj de bolsillo en la mano y ajeno a todo lo que no sea su reloj. Esta no es precisamente una imagen de felicidad. Alguien dijo en alguna ocasión que la felicidad no es sino un estado de relax físico y mental, y yo no lo sé bien, pero la idea me atrae. Encajar el tiempo con la naturalidad serena de las campanas. ¡Eh! Escucha un momento ... ha sonado una campanada, ¡para! !atiende! deja toda actividad, esa era la primera... y cuentas, dos... tres... y tu mente está suspendida en el aire con el sonido vibrante... cuatro... cinco, y casi mantienes  la respiración ...séis... siete ... ocho.. y elucubras: ¿serán las 11 ya? ... nueve..diez, y esperas que sea la última ya porque si no ... y... once..y ...sllencio. Vaya, menos mal, así me da tiempo, puedo tomarme un café, qué bonito día, parece que despeja.

 

ESE NIÑO QUE TODOS LLEVAMOS DENTRO

        SELVA

                      ¡Qué insensatos somos si dejamos morir al  niño

que llevamos dentro!

No al iluso, no al simple,

Sino al desnudo y sonriente que se sienta a la  sombra

de nuestros barroquismos y decadentes florituras.

 

Adultos ya, selva somos, y en la selva nos perdemos

y peor aún,

desertizamos y convertimos en polvo de áridos análisis

lo que nos es de vital evidencia.

Al rojo, al azul, al verde de nuestra existencia

Lo convertimos en claves numéricas,

Palidecen las calidades,

Los matices variadísimos y brillantes

en cuya amalgama está nuestra verdad y nuestro sentido.

 

Adultos tercos, talamos el bosque y lo sustituimos

por ficheros,

y a los jilgueros

por bips,

Y a la curva orgánica y sensual

por la recta esquemática y frígida.

Luego,

Nos persigue la sensación de paraíso perdido,

La sonrisa perdida, infantil y vital

y sin medida de tiempo, placer por placer,

juego, vida, barullo,

Selva en fin que desecamos, inconscientes buscadores

de horizontes planos;

¡Qué insensatos somos si dejamos morir

al niño

que llevamos dentro!

 

 

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