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La Coctelera

begoripalda

17 Abril 2011

LOS DETECTIVES DE ROBERTO BOLAÑO (SALVAJES)

 

"Los detectives salvajes" de Roberto Bolaño no es una novela, ni un libro siquiera. Es una atmósfera. Una atmósfera en la que te sumerges como quien  mete la cabeza en una piscina no de agua y cloro sino de otra cosa. Es una atmósfera en la que se mueven, viven y sienten personajes nómadas entre lo heroico y lo cochambroso. En realidad los personajes no importan, o sí importan desde sus sensaciones y experiencias cotidianas como en un diario... resbalan tus ojos por sus pesadillas o, mejor,  como en  muchos diarios colocados en múltiples esquinas de esa atmósfera. La estructura de la narración es la del pensamiento, a veces muy pringado de sensaciones, en muchas ocasiones  girando claustrofóbico  (me viene a la mente la imagen del mimo atrapado entre paredes invisibles) y nos sumerge en una época dura, muy interesante, intensa, terrible.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Elijo un párrafo "casi" al azar, puesto en boca de Fabio Ernesto Logiacomo, redacción de la revista La Chispa, calle Independencia esquina Luis Moya, México DF, marzo de 1976.

La literatura no es inocente, eso lo sé yo desde que tenía 15 años. Y recuerdo que eso pensé entonces, pero no recuerdo si lo dije o no lo dije. Y si lo dije, en qué contexto lo dije. Y  entonces en paseo (pero aquí he de precisar que ya no íbamos cinco personas, sino sólo tres, el mexicano, el chileno y yo, los otros dos mexicanos se habían esfumado a las puertas del Purgatorio) se convirtió en una especie de paseo  por los extramuros del infierno.  Los tres íbamos callados, como si nos hubiéramos quedado mudos, pero nuestros cuerpos se movían como al compás de algo,  como si algo nos moviera por ese territorio ignoto y nos hiciera bailar, un paseo sincopado y  silencioso, si se me permite la expresión, y entonces tuve una alucinación, no la primera de ese día, ciertamente, no la última: el parque por el que íbamos se abrió a una especie de lago y el lago se abrió a una especie de cascada y la cascada formó un río que fluía por una especie de cementerio, y todo, lago, cascada, río, cementerio era de color verde oscuro y silencioso. Y entonces yo pensé una de dos: o me estoy volviendo loco, cosa difícil porque siempre he tenido la cabeza bien puesta, o estos fulanos me han drogado. Y entonces les dije, deténganse, deténganse un ratito, me siento enfermo, tengo que descansar y ellos dijeron algo pero yo no los oí, sólo vi que se me acercaban  y noté, tuve conciencia de que yo miraba para todos los lados como buscando gente, buscando testigos, pero no había nadie, estábamos cruzando un bosque, y recuerdo que les dije qué bosque es éste, y ellos me dijeron es el bosque de Chapultepec y luego me llevaron a un banco y durante un rato estuvimos sentados, y uno de ellos me preguntó qué era lo que me dolía (la palabra doler, tan  justa, tan bien utilizada) y yo hubiera debido decirles que lo que me dolía era todo el cuerpo , toda el alma, pero en cambio les dije que seguramente era la altura, a la que no terminaba de acostumbrarme, la que me afectaba, la que ponía visiones en mis ojos.

 No sé explicar esta forma de narrar...y además mejor no explicar nada. La narrativa de Roberto Bolaño se explica sola, te seduce o no te seduce, la encuentras irrespirable, o la respiras, como una atmósfera que te envuelve.

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